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PREGÓ DE MIQUI OTERO

miqui otero

Aquest es el pregó que l’escriptor Miqui Otero que ha donat el tret de sortida a la nova etapa del Mercat Dominical de Sant Antoni al voltant del històric Mercat de Sant Antoni.

PREGÓ DE MIQUI OTERO

“Buenos días, que siempre son mejores si se viven aquí. Querría agradecer esta oportunidad a las autoridades de este barrio y del ‘mercat’. Es decir, querría dar las gracias a Tintín y a Spiderman, a Balzac y a Teo (sobre todo cuando va a la playa en peto de pana, el pobre), a las tardes de Marsé descubiertas aquella mañana y a Little Nemo por cenar demasiado para poder soñar. A David y Yolanda del Ramón, a Sagarra con vermut y oliva, a Turgenev y a Wodehouse comprados sin dormir, al librero que me vendió ‘Grandes esperanzas’ de Dickens con una dedicatoria donde ponía “Juntos para siempre, el futuro es nuestro” (entre nosotros: se debieron separar). También gracias al niño que me cambió el repe de Jose Mari Bakero, a los vaqueros ‘pulp’ de Estefanía y a los alienígenas de Vonnegut que no creen en la muerte. A Casavella por las pistas y el diagrama de pasos de baile y a Asurancetúrix, el bardo de Asterix. Ese que nadie quiere escuchar pero que sigue cantando; como los escritores siguen escribiendo, como los lectores siguen leyendo, como los vivos siguen viviendo. Aunque algunos nos lo pongan difícil. También a Fuensanta y a  Joan Mateu por su enorme lucha y a Patricia y al resto de paradistas y libreros. Y a todos vosotros: una vez vas al Dominical ya no vuelves a salir, porque quizás te lleves un libro, que vaya a otras manos y a otras, para volver aquí dentro de muchos años. Noel Clarassó explicó una vez que compró un libro con su sello y firma años después de haberlo vendido. Lo imagino leyendo lo que había subrayado su yo joven. Eso debe ser lo más parecido a llamar por teléfono y contestarte tú mismo desde otra época. Dicen que uno madura cuando tolera cómo fue años antes, cuando sería capaz de recoger en autoestop a su yo anterior y tomarse algo con él.

El barrio de los libros libres

Lo bueno y lo malo de este mercado de libros es que es dominical. Así que cae en domingo. Y, por tanto, contraprograma misas, sesiones de gimnasia sueca y partidos de fútbol matutinos. “El hombre fue creado el último día de trabajo de la semana, cuando Dios estaba cansado”, dijo Mark Twain. En otras palabras, así (así de mal, quería decir) le salimos. Quizás por eso el séptimo día prefiere airearse y venir a comprar unas postales del show del Mar Rojo y de la última cena, a cambiar unos cromos de apóstoles y evangelistas, a buscar una primera edición del Sermón de la Montaña. Yo lo vi un domingo. Cuando era pequeño pensaba que dios tenía el aspecto del dibujo de un viejito tísico en un anuncio de pastillas para la tos colgado en el escaparate de una farmacia justo al lado de este Dominical. Es un rasgo de los que crecimos cerca del bosque de libros, con una primavera cada domingo: nos imaginamos cosas.

Lo primero que aprendes cuando creces en el barrio de los libros libres, de los libros libres con muchas vidas, de los libros libres con muchas vidas posibles, es la diferencia entre el precio y el valor de las cosas. El precio es eso que otros ponen a lo que te quieren vender y el valor es lo que tú le das a lo que necesitas conseguir.

El Mercat Dominical es ese lugar donde una guía sobre los secretos de la receta de los calçots, un tratado sobre las buenas maneras a la mesa escrita cuando nadie tenía qué comer, un opúsculo sobre los problemas digestivos de los mamíferos de las antípodas o la novela que te cambiará la vida pueden costar lo mismo. Donde Amunike puede tener el valor de cambio de Michael Laudrup (todos los cromos tienen el mismo precio, al margen de la calidad del jugador). Donde un disco de Sam Cooke puede equivaler a uno de Los Amaya o a un corcho de champán. Eso te dice a ti que tú, al margen de cómo seas, de donde vengas, no vales menos que el resto. Que depende de quién te lea y de cómo te escribas. Que no eres lo que ganas sino que tienes el valor que otros, los que te quieren, te dan.

Son los libros los que nos eligen a nosotros

Un brindis por lo segundo que descubres: no es necesario buscar algo para encontrar lo que no sabías que querías. Aquí, en el mercado de la sorpresa, en el lugar del accidente, no se trata de ir a la caza de un libro, sino de dejarte convencer por el que de repente aparece. Eso es tanto como decir que a veces no sabemos lo que queremos. Y, estaría bien recordar ahora, que parece que solo queremos escuchar lo que nos gusta oír, que son las cosas que nos sorprenden las que nos ayudan a ser más sabios, más completos, más empáticos, menos soberbios y cenutrios. A veces pienso que aquí son los libros los que nos eligen a nosotros y no a ellos. Se ponen de perfil, se camuflan como insectos palo, se abrigan bajo varias capas geológicas de otros que no dicen nada, se giran para que no leamos su lomo. Y, solo entonces, cuando ellos quieren, nos silban para que los cojamos.

Cuando creces, digo, en el barrio de los libros libres aprendes una tercera cosa: leemos para vivir muchas vidas en el corto espacio que nos da la nuestra. Por eso importa menos si llega el domingo y no hay chalet en la costa ni casa en la montaña a la que ir, donde azuzar la brasa de la barbacoa o nadar a crol remontando olas. No necesitas esa otra vida porque aquí se te ofrecen más y más exóticas. Cuando descubres ese secreto, sabes que en realidad tú tienes una segunda residencia donde quieras tenerla: en una selva de Borneo, en los anillos de Saturno, en un bloque de Torremolinos, en un iglú de Groenlandia. Uno siempre es más lo que sueña que lo que tiene, lo que desea dormido que lo que busca despierto. Los libros, y más los de este Dominical, democratizan la vida. Los que crecimos aquí lo sabemos bien.

El azar desordena la vida

Sant Antoni es la promesa de aventura. Carlos Zanón, un amigo, me dijo una vez que lo que verdaderamente importa no es el tesoro, sino el mapa del tesoro. Hay aquí tantos libros como mapas del tesoro, croquis de la emoción presente y las mil vidas futuras. Al alcance de todos. Mapas del tesoro, con planes de rutas marcadas con almendras tostadas y círculos de botellines de cerveza fresca y dorada rodeando ciudades y hebras de tabaco donde pone Aquí hay dragones. Eso es la cultura popular. Eso son los libros libres y vividos. Eso es el Mercat de Sant Antoni. Mapas del tesoro para todos, aquí y ahora, un domingo como este. Vidas posibles.

El azar desordena la vida y ordena las novelas. Pero no hay misterio o sorpresa en el hecho que el mercado de libros usados, leídos, marcados, más grande de Europa esté aquí, en este barrio.

Sant Antoni es una flecha. Una flecha que marca posibles vocaciones. Mejor: Sant Antoni es un triángulo, uno de esos triángulos musicales que enarbola aquel músico despistado en una esquina de la sinfónica. No es el protagonista de la orquesta, pero sí lo es porque solo lo toca cuando se avecina el ritmo y llega el clímax.

Así que Sant Antoni es un triángulo: Gran Via, las rondas, Paral.lel, el lugar de la euforia popular donde no se bebía ni ‘chatreuse’ ni ‘countreau’, sino vino tinto con sifón. Tocas uno de los lados y estalla dentro el ritmo, la vida. Carece de la seriedad del Eixample, pero tampoco es exactamente Poble Sec ni el Raval. Las historias bajan del Olimpo de Montjuïc y ruedan por el Poble Sec para que un catalán hijo de gallegos, un barcelonés, en definitiva, las intente atrapar, se las quiera creer, las pueda escribir. Hay la leyenda de la vedette del Paralelo que se daba baños de rayos uva pero no cerraba la máquina y que luego preguntaba en las bodegas qué podía suceder, por qué no estaba ya tan negra como Joséphine Baker, que siempre ha sido la Moreneta, la verdadera virgen liberada, de Paral.lel y alrededores. Corre otra que habla de un payo que se creía gitano, un cruce entre el Michael Jackson de la Rumba y el protagonista de El libro de la selva. Vivía en una finca donde daban palmas y organizaban jaranas algunos palmeros de la rumba catalana, así que pronto miró por el hueco de la escalera y allí encontró dos cosas: a un tipo que le quiso vender “bon gèneru”, toallas blancas de marca blanca, y también su vocación. Se bronceó, engrasó su pelo, se colgó oro, aprendió el enigma del ventilador y formó un grupo. Aquí, en este barrio, creerte la leyenda es tan crucial como creerte el personaje, así que ahora es quien quería ser y no voy a ser yo quien lo niegue. También estaba Ofelia, una gallega de manos eccemosas que me ofrecían caramelos de eucalipto que olían a lejía (olían tan pero que tan bien). Ella hablaba de cómo Peret, el creador del ritmo, pisaba Els 3 Tombs, donde ella trabajaba. Por cierto, para mí ver a Peret en esa tragaperras era muchísimo más emocionante que descubrir a Elvis en una gasolinera de Montana.

Justicia poética

Una leyenda más, que las llevo baratitas. Un abuelo fallece y deja su biblioteca en herencia. El Dominical, decía un plumilla en el 76, está hecho de cascotes de ruinas, restos de bibliotecas desmoronadas, herencias enojosas. Le voy a demostrar que estaba equivocado. La biblioteca del difunto se vende al peso, porque, al fin y al cabo, quién quiere esos libros con lo que ocupan, porque el saber vaya si ocupa lugar, porque acumula polvo y achica pisos pequeños, les quita luz y vida. Lo que no saben los herederos, lo que cuenta la leyenda, es que el muerto, temeroso y con razón de los bancos y sus intereses, guardaba toda su fortuna entre las páginas de sus libros. ¿Lo imagináis? ¿Imagináis a quien compró por cuatro duros aquella colección de libros? Billetes y billetes cayendo de entre las páginas de Cinto Verdaguer, Lou Carrigan, Dostoievski, Karl Marx o, qué sé yo, Antonio Gala. Algunos llaman a eso justicia poética. Un secreto: aquí nada es lo que parece, pero las cosas son como son. Aquí lo que valen las cosas no son lo que cuestan. Aquí, en Sant Antoni, y me dirijo a vecinos exiliados y a buitres inmobiliarios, una cosa es el precio y otra el valor. Aquí hasta los mapas del tesoro pueden ser un tesoro.

Dicen que este es un mercado de libros viejos. Pero los libros nunca son viejos. Los libros son nuevos para cada persona que los abre.

El mundo se reinicia con cada niño que pega un grito después del cachete y con cada libro que abre cuando pasan unos años. Algunos quincalleros y traperos ya vendían libros en este cruce poco después de la Edad Media. A principios del siglo XX recaló en el Paral·lel, la avenida del vino barato y las carcajadas con dentaduras arruinadas o con algún diente de oro. Yo aprendí aquí que las buenas historias son dientes de oro: brillan cuando está oscuro, están en las bocas de los que no siempre triunfan, se muestran cuando uno sonríe. El Dominical ha vivido rumores de cierre, en el 36 y en el 96, pero aquí los libros son como el muerto vivo de la rumba: estaba de parranda, siempre vuelve. Desde el 37 y a pesar de los bombardeos que hacían volar caballos en  Universitat, se instaló alrededor del mercado. Se celebraba cada domingo porque cada domingo era domingo y había que comer y había que leer. “Si quieres comer, tendrás que comenzar por tragarte el orgullo”, leí en Scaramouche, una de las novelas que me ha regalado el Dominical.

“Mi verdadera escuela de bibliografía fue Sant Antoni”, escribió Joan Perucho, que se cruzaba aquí con Pedrolo y se dejaba sorprender por los libros que se le ofrecían. Los que vendían sus libreros, que me recuerdan a aquello que dijo Francisco González Ledesma sobre los escritores anónimos de las novelitas de quiosco: “Entre todos no lo hicimos mal”. Entre todos lo seguimos haciendo bien.

Es evidente que yo no estaría aquí, diciendo todo esto, si no hubiera crecido en el bosque de los libros libres. Si ese gafotas con asma no hubiera cambiado cromos, buscado a Wally, acompañado a Teo. Si Scaramouche no me hubiera dicho aquí que había nacido con el don de la risa y con la convicción de que el mundo estaba loco. Si no me hubieran chivado que toda historia es una historia interminable. Si no hubiera descubierto las novelas, aquella edición de ‘Ultimas tardes con Teresa’ en tapa dura, de círculo de lectores, que me empujó a querer leer otras historias y, además, a escribir las mías.

Descubrir la vida con los libros

Aquí paraba a comprar libros cuando volvía de New York. No de la ciudad, no, sino de la discoteca de la calle Escudellers. En mis primeros años de universidad, trabajaba allí toda la noche poniendo música, y al acabar me dirigía a habitaciones que habían sido de prostíbulo y me pagaban en negro con billetes metidos en sobres (lo más cerca que he estado de la política activa). Entonces, daba un rodeo, iba a mirar las olas rizándose y discutiendo con los pilares, subía a la Montaña pero no escuchaba sermones, paraba en los bares de Gran Via para desayunar. Hacía tiempo, en definitiva, hasta escuchar las ruedas de los cajones de madera que anunciaban la llegada de los libros. Y allí los compraba para dormir el domingo soñando en lo que aparecía en sus páginas. Olor de mañanas de lignina. Lepismas, pececitos plateados carroñeros de papel, devorando historias. Madera y vermut de barril. Grandes gestas y enormes fracasos.

“La literatura tiene que oler a pan, a pan recién horneado”, decía Cunqueiro. Libros que huelen a salazón de pescado y a fruta fresca. Libros de mercado. Que me los quitan de las manos.

Arena de último día en la playa, una flor regalada después de un error, resultados de mus o de chinchón en números de caligrafía picuda, manchas de bocadillo escabechado, declaraciones románticas y llamadas de socorro. Todo eso entre sus páginas. Trazas de gente que leía a pesar de no tener tiempo ni para vivir, que leía a pesar de escribir con dificultad, que leía y vivía a pesar de todo y por eso vivía lo que leía. Así, uno descubre de qué va la vida asomándose a estos libros. También a sus dedicatorias. “Tú y yo, juntos para siempre”, decía en aquel ejemplar del que antes os hablaba (bien, no tan para siempre, pero ya me entiendes, alguien se cansó y lo vendió o perdió al otro). A veces leo libros de Sant Antoni solo para saber cómo lo leyó y subrayó una tal Conchita, que imagino guapísima y con moño, en 1963, cómo le gustaban los suspiros y los signos de exclamación. O Fermín, que subrayaba muy pulcramente siempre los adverbios (debía ser profesor, algo pedante). O Julia, que anotaba corazones al lado de las escenas más violentas. O Rodolfo, que marcaba con flechas muchas frases y añadía, con mil signos de sorpresa y exclamación: “¿¿¿Lo  ves??? ¡¡¡Lo sabía!!! ¡¡¡Te lo dije!!!”. Libros leídos por todos, por nadie, por ti. Cada vez que se lee un libro, vuelve a escribirse uno nuevo. Los libros del Dominical no solo explican historias de sus personajes, sino también de las personas que los leyeron.

El barrio cambia, pero ellos siguen aquí

He comenzado agradeciendo a las autoridades poder decir todo esto. Y ya he dicho quiénes son las autoridades para mí. Todas viven aquí: muertos vivos de parranda, los escritores y los que tuvieron cada uno de estos libros en la mano. Los objetos son tiempo concentrado y algunos de estos libros los pudieron leer en trincheras de guerra, mientras se construía el Empire State Building, en un banquito de la Plaza de las Armas de La Habana (sonaba una trompeta desde un balcón, la piel de gallina), cuando el transistor decía que moría el dictador con voz de pitufo, cuando alguien cantaba que Barcelona era poderosa porque llegaban las olimpiadas, cuando la policía enarbolaba porras, cuando mil manos batían huevos para tortillas, cuando había que apagar la luz de la mesita y cerrar los ojos y fingir que uno dormía hasta que se dormía.

El barrio cambia, pero ellos siguen aquí, con nuevas cubiertas, manchados por nuevas manos, marcados por lápices afilados mil veces. El Bar Paloma es ahora el Calders y donde se fabricaban botones se venden libros en La Calders y el Olimpo, el bar de los dioses que saben todas las historias, los taxistas, vende ahora very friendly potatoes. Y había y hay un bar que se llama Rafel y otro Mañé y otro Amigó y otro Nostalgic y yo me pongo ídem cuando escucho la banda sonora del ruido blanco de las ruedas de las maletas de turistas y todo podría ir a peor, pero los libros, el antídoto contra la idiocia colectiva, siguen aquí. Nuestra seña de identidad. Las ciudades estaban antes que los estados y los imperios, y los barrios antes que las ciudades, y los vecinos antes que los barrios y las personas antes que los vecinos (y ya parece que vaya a decir lo de los vecinos y el alcalde). Los bosques y los parques son pulmones que dan oxígeno al planeta. Y este mercado de la cultura popular, lleno de madera y tinta, se lo da a los vecinos, al barrio, a la ciudad, a todo lo demás. Este mundo sería irrespirable para mí si el Dominical y sus vecinos desaparecieran.

Cuando alguien explica un cuento a un niño, éste suele preguntar: ¿y cómo se llama el protagonista? Y si el niño se llama, por poner un ejemplo, Martín, el cuentacuentos dice: se llama Martín. Sí, el que combate a los ejércitos y prueba las mieles raras de la selva y remonta pozos siderales se llama como tú. Porque entonces ya estamos dentro. Yo quería ser Teo y Atreyu aunque era Bastián y D’artagnan y Scaramouche y Pijoaparte y Atienza y Jim Hawkins y Long John Silver. No hay clásicos, sino que hay libros importantes para nosotros. Libros que nos leen antes de que los leamos. Y los libros en Sant Antoni son libros vividos. Que es lo mismo que decir que son libros leídos. Leídos, lo decía Pérez Andújar, durante la vida, en el banco y en la sala de espera y en el tren hacia el pueblo y en la bodega cuando acaba el día.

Escribió Cormac McCarthy que los libros están hechos de libros, pero eso sucede solo cuando los libros están llenos de vida y las vidas llenas de libros. Como aquí. Un barrio muy suyo que es de todos, como los libros que aquí se venden.

Así que vivan los libros leídos con lápiz en la mano, subrayando lo que te habla a ti y solo a ti. Vivan los libros de segunda mano, con una segunda oportunidad y una segunda vida, o tercera o cuarta. Vivan los que encuentran lo que no sabían que buscaban. Viva la gente que busca el valor de las cosas y no su precio. Vivan los libros ideales para reformas y listos para entrar a vivir. Todo está en los libros. Vivan las vidas llenas de libros. Vivan los libros llenos de vida. Libros viejos que son nuevos para ti. Libros en los Encantes nuevos. Libros viejos con encanto. Libros con muchas vidas. Vivan los que los leen, los marcan, los regalan, los venden, los viven. ¡Viva el Mercat Dominical de llibres de Sant Antoni!”

 

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