EL MERCAT DE ST ANTONI…UN OASIS DOMINICAL EN LA SELVA DE BARCELONA

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Carta de Marcelo Lopez Pinto

Barcelona, diciembre 2016

EL MERCAT DE ST ANTONI…UN OASIS DOMINICAL EN LA SELVA DE BARCELONA

Tuve la inmensa suerte de nacer en el seno de una familia donde los libros estaban considerados como un tesoro que había que utilizar y cuidar mucho.

Mi padre y mi hermano eran grandes lectores… y así no es de extrañar que a los dos años de edad yo fuese capaz de leer con facilidad libros de temática sencilla e infantil y que el primer libro “serio” al que me enfrenté a los cinco años fuese el Quijote al que siguió Las Mil y una noches. Siempre (debo reconocerlo) con la ayuda inestimable de mi padre y mi hermano. Los libros (que aún conservo) eran de la Colección Ramon Sopena… y tanto me gustaban que algunos días simulaba estar enfermo para quedarme en casa sin ir al colegio y poder leer tranquilamente.

Después de durante un tiempo intermedio vinieron los libros de temática más adecuada a mi edad: Cuchifritin, Celia, Julio Verne, E. R. Burroughs… Nuevos mundos en mi mente.

Pero sin abandonar los clásicos, por descontado. Ya se encargaba mi hermano Ricardo de controlar mis lecturas para que nunca faltasen.

A pesar de las pérdidas de libros inherentes a los cambios de domicilio puedo presumir de una biblioteca de 4000 y pico de libros y aún conservo ejemplares de mi padre de fechas de inicio del siglo XX y algún tesoro de finales del siglo XIX.

La mayor parte de mis libros, es obligado reconocerlo, son de segunda mano.

El oficio de mi padre (camarero y trabajaba los domingos) le obligaba a buscar libros en días laborables… y yo tenía la suerte de acompañarle. Recuerdo las casetas que había al final de Las Ramblas a mano derecha, eran visita obligada y, además, estaban las visitas que él concertaba con librerías de segunda mano… Aprendí desde bien pequeño el arte de seleccionar libros, y de buscar el precio más adecuado a una economía de postguerra, que no era muy boyante.

El primer libro que adquirí yo solo con un dinero guardado (nunca mejor dicho) como oro en paño fue La vida de Jesús de Renan, aún lo conservo… Impreso en Argentina en 1951. Es una primera edición, y lo compré, claro está, de segunda mano en una librería que entonces llamábamos de “viejo”; sita en Calle Córcega con Venus.

Cuando ya de joven empecé a salir de casa solo, seguí con la vieja costumbre de buscar libros y así descubrí el Mercado de San Antonio, gracias a los comentarios de los libreros que frecuentaba y que ya me conocían desde niño.

Fue un auténtico cambio en mis costumbres. Los domingos por la mañana eran para los libros: para hojearlos, acariciarlos, desearlos… y, alguna vez, con suerte, comprarlos.

Por las noches quedaba la solución de acercarnos al Drugstore de Paseo de Gracia y apropiarnos de alguno de los libros. La librería estaba en la parte alta de la tienda.

Con mi insistencia y trato con libreros pude conocer pequeños trucos y ciertos lugares donde se podían conseguir libros cuya venta estaba prohibida.

Hace poco tiempo recordé a uno de esos libreros audaces la época de la represión y su sistema para ofrecernos la literatura prohibida. En la rebotica de su negocio había una gran estantería sujeta a la pared por varios puntos. Estaba llena de libros clásicos. Liberada la estantería podía desplazarse y dejaba ver detrás otra llena de libros de Sarte, Camus, Gide y los clásicos Marx, Engels, Lenin, y folletos y revistas anarquistas.

Cuánto disfrutamos recordando aquellos tiempos… casi tanto como cuando hacíamos caso omiso de la prohibición.

Desde que conocí el Mercat no he fallado a mi cita dominical salvo en épocas duras en que no podía permitirme la compra de libros.

Poco se ha hablado de las “listas negras” pero existían y marginaban a los obreros. La participación en reivindicaciones y/o huelgas te dejaban marcado y más si había un despido por en medio. Aunque en Magistratura se demostrase lo improcedente del despido, el patrono podía indemnizarte con una miseria y lanzarte al mercado con el estigma de tu “espíritu rebelde” inscrito en las llamadas “listas negras”. Y en la calle te quedabas, y no encontrabas fácilmente un nuevo empleo… estabas condenado a aceptar los trabajos que te salieran, que además eran por poco tiempo.

Fueron épocas en las que la facilidad de compra de libros quedaba muy limitada y a veces era prácticamente imposible.

Restablecida la “bonanza económica”, las visitas al Mercat de St. Antoni se repitieron y mi biblioteca se fue ampliando.

En el Mercat de St. Antoni he conocido a personas admirables que colaboran contigo en la búsqueda de los libros que deseas.

Una muestra es que intenté hacerme con la colección AUSTRAL (1500 volúmenes, más o menos) y lo conseguí gracias a la colaboración de personas que ahora saludo cada domingo, más como amigos que como libreros.

Ellos me guardaban los libros y cada domingo aparecía yo con mi listado para comprarlos si no los tenía o si se encontraban en mejor estado que los míos, sin que se molestasen cuando no les compraba. No les importaba. El domingo siguiente, o el otro, o el otro… volvían a ofrecerme nuevos “Australes”. Si tengo la colección es, en gran medida, gracias a ellos.

Gracias, amigos. Gracias por tantos años de convivencia dominical, y por tantas y tantas anécdotas vividas domingo a domingo, sin tregua, sin fiestas, salvo las vacaciones, claro está.

Todos los domingos, aunque llueva y truene, allí estoy, en el Mercat, en búsqueda de la joya inesperada. El Mercat es un oasis en medio de la selva de Barcelona. Cada domingo disfruto de su paz y de sus novedades, en medio de mis amigos los libros y los amigos de mis amigos, los libreros.

HASTA EL PRÓXIMO DOMINGO… En el Mercat de St Antoni. … TENEMOS UNA CITA.

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